Presencia
Voy a acercarme despacito, bien despacito, al costado de tu ser.
Cuando no estés mirando, voy a dejar una cajita al lado de tus pies.
Si no me escuchás, voy a contarte casi en sigilo que no hay de cierto en este desierto, haciendo vientos en el perfil de tu oído.
Respirando lentamente, mis pulmones te van a cantar una canción de John Lennon, haciendo que las pupilas de tus ojos busquen la melodía por algún rincón.
Y, cuando me haya ido, así, bien despacito, tropezarás con mi cajita.
Vas a tomarla con los dedos de tus manos, que si todavía sienten frío, van a permanecer de color blanco hasta que puedas soplarlas para comerte, con la garganta entera, el gélido de lo vacío.
El envoltorio va a hacerse trizas en el medio de tu desesperada quietud, para poder, con el centro de tu frente, sorprenderte lentamente.
Cuando tomes mi regalo con tus manos, caminarás hasta el borde de tu ventana y, con el color más rojo de tu corazón, vas a dejarlo ir, haciéndolo sentir libre de una vez por todas.
Tomarás la tarjeta que llevaba esa linda cajita, a modo de recuerdo, y, sintiendo con todo tu cuerpo el alivio de hacerme más feliz, pero menos sincera, la leerás por últimas vez, tan bajito como puedas, para que ninguna otra persona te escuche: “Presencia”.
Y que todo lo demás se haga Luz por un instante. |