Mil muertes

Lo cierto es que ya había muerto muchas veces. Más de cien, seguro.
Por eso era tan increíble ver cómo se desenvolvía a lo largo del camino. Simple pero en grande; despacio pero enérgico; pensante pero salvaje. Y siempre tan impredecible.
Era un ser dentro de otro ser, dentro de otro y de otro y de otro.
Recuerdo el primer momento en que lo ví perecer. Sentí un gran dolor por dentro, porque sufría en una agonía que parecía nunca terminar. Aunque era mágico ver cómo iba cambiando de colores. De rojo a naranja, de naranja a verde, de verde a amarillo, de amarillo a púrpura, de púrpura a azul, gris, negro. Y moría. Sin más, así se iba. Su cuerpo se transformaba en fuego, en Sol, en tierra y en polvo. En una secuencia pausada que luego se archivaba como una muerte más en su historia. Llegué a sentir que algo de mí también desaparecía, en la confusión de la aflicción, el desconsuelo y la amargura. Injusto el momento en que la tristeza partió al medio a la razón y se llevó una vida que ya no podía soportar la pesadez de sus emociones. Adiós dije al Ser que ya no era, y seguí en pie hacia ningún lugar. En mi camino conocí gente que hablaba de él. Algunos llevaban la cuenta de sus muertes. Otros las causas: abandono, traición, pesadez, aburrimiento, odio, envidia, necedad… Sufría las cosas de una manera agresiva y diferente. Los dolores que causaban los demás sobre él, no los toleraba y desaparecía. Hay quienes relatan que en el tiempo en que no está, supera los pesares y se vuelve más fuerte. Aunque lo real y lo que importa es cómo sigue en pie, subrayando sus sendas, sabio en su andar.
            Luego de un largo intervalo volví a verlo. Lo intacto de mi gesto fue espontáneo. No podía más que abrir y cerrar los ojos, intentando dejar salir alguna palabra. Él, acostumbrado –seguramente- a esa situación, rodeó mi cuerpo con sus brazos y me expresó una disculpa por su ausencia. Logró explicar en pocas palabras que a veces moría de más, pero que sabía volver más fuerte, para no fallecer nuevamente por la misma causa. Siguiendo el ciclo de mi asombro hasta poder reaccionar, mi mente no alcanzaba procesar la velocidad de mis pensamientos.
Me tomó de la mano y comenzó a caminar –como siempre descalzo- tarareando en voz bien bajita una canción sin letra. Tenía un calor particular. No sé si era la sangre o qué, pero el simple roce de su cuerpo podía producirme mil sensaciones diferentes. Su aura era color cielo y, cada vez que lo observaba con ojos eternamente curiosos, podía oler su energía y oír sus latidos.
            Llegó entonces el día que quiero contar. Se acercó al banco del jardín donde yo estaba sentada y me dijo que estaba enamorado. De mis manos, del atardecer con mi sombra, de mis sueños y mi espalda. Que quería regalarme el Sur, soplarme todos los vientos y dormirse en mi cuello.
No pude responderle nada. Casi ya como una tradición en nuestra inexistente relación, quedé estática ante sus palabras. Intentaba razonar de alguna manera lo que estaba diciéndome, porque no podía entender la rapidez de sus sentimientos. No nos conocíamos lo suficiente. No comprendía mis tiempos ni mis espacios. Pero decía que estaba enamorado. ¿Por qué? ¿Para qué?
Comencé a trastabillar en palabras. Una detrás de otra. Saliendo a borbotones diciendo cosas realmente estúpidas, sin contemplar que el hombre que tenía en frente era un imán de placeres e ideales, combinados con sinceridad y pureza. El miedo se había apoderado de mí. La duda, la incógnita, lo absoluto de mi lado racional no encontraba lugar para colarse en lo inconcluso de mis utopías. Lo miraba repitiendo ademanes con mis extremidades y vociferando planteos sin sentido (y no lograba unir los puntos inconexos de mi corazón, planteados de manera tal que confundían lo que quería con lo que no).
Hasta que penetré su mirada. Sus ojos se cerraban lentamente y comenzaba a encorvarse. Yo disminuía la velocidad de mis oraciones al ver que algo extraño le estaba sucediendo. Cuando de repente lo recordé. Pude visualizar esa imagen del pasado, cuando por primera vez había vivido esa situación.
Cerré mi boca con sus manos y le pedí perdón. No había sido mi intención herirlo.
Pero ya era tarde: se retorcía en el piso, tomándose el pecho con sus brazos. Y su arco iris se apagaba titilando como un bicho de luz, hasta desaparecer por completo.
Lo había matado. Jamás, nunca jamás, hubiese querido que caiga. Desesperé ante su grito de agonía y lloré océanos azules por la culpa y el añoro.
Quedó suspendido en el tiempo. No volvió. Nunca volvió.
Me quedé con mi tristeza y su recuerdo. Murió de amor. Y no hay nada que pueda hacer…


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