Los desesperados
Me preguntaba sobre verdades. Sobre mentiras.
Hasta cuestionaba a mis sueños y a mis pesadillas.
Y lo único que encontré fueron cajones de amigos muertos que jamás conocí pero que me educaron; una fila de futuros inciertos que sacan número para sortearse y dos bolsas de, simplemente, más interrogantes... Esto no va acabar nunca, porque sino... nada tendría sentido...
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¿Quiénes somos los desesperados?
¿Quiénes somos los que lloramos a oscuras y los que usamos el día para pensar lo que cuestionaremos por la noche?
¿Quiénes gritamos hasta que la voz de la locura sufre afonía?
¿Quiénes somos los que, luego de tratar de pertenecer, golpeamos paredes por el tiempo perdido?
¿Quiénes somos los que sentimos tantas veces a la soledad taclearnos los tobillos?
Somos los que nacimos desde el centro de la Tierra.
No importa cuando ni como. Pero en el fondo sufrimos por la injusticia. Por esa injusticia que pocos conocen. Sufrimos por entregarnos. Sufrimos por otras realidades.
Aunque sabemos que lo bueno siempre está latente. Y que la fortuna, la fortuna de los desesperados, camina al lado nuestro, tomada de la mano, casi abrazándose con la suerte (esa que dicen que es el pretexto de los fracasados). Porque si cerramos los ojos, todo se transforma. Y podemos escapar de la forma más quimérica e inimaginable. Irrepetible.
Nosotros. Los desesperados. Los que nos tapamos con el cielo y comemos estrellas.
Nosotros. Los desesperados. Los que jugamos con la vida y le mentimos cuando le hacemos el amor.
Nosotros. Los desesperados. Los que cuando nos codeamos con el humo de los otros; siguiendo nuestras creencias; nos exasperamos.
Somos los que nos enamoramos de la música, porque la gente real nos desilusiona, nos aburre, no nos completa.
Somos los que confiamos ciegamente en los que ya no están. En aquellos que sin quererlo ni pensarlo, plagaron nuestro ser de respuestas y verdades.
Nos inspiramos. Nos relajamos. Y en un rayo huracanado, nos golpea la vida con sus cuasi-obligaciones, recordándonos que alguien inventó un reloj.
Y allí volvemos a nacer. Nosotros. Los desesperados; para intentar hacerle frente a esa puta que se apodera de nuestros momentos.
El corazón se nos parte al medio. Las luces de las mujeres y de los hombre impíos, duros, nos descorazona, nos penetra, nos rompe.
El amor se ríe, se ríe porque sabe que siempre vuelve. Y llora, porque también sabe que al final, descansará de nuestro lado y, sencillamente, habremos vencido.
Nosotros. Miles. Desesperados. Repartidos en porciones de tierra en nuestra Tierra. En retazos que fueron separándonos por poderosos que sin cigüeñas designaron nombres e irrumpieron culturas.
Tarareamos al ritmo de la música de tres colores, que todo va a estar bien. Y queremos de esa forma desintegrar nuestros pesares. Agotados de ver siempre lo mismo, soñamos entre nubes de algodón con el auge de nuestros tiempos. Con momentos que sólo se pueden sentir viviéndolos. Sintiendo que llegarán con esfuerzo y con locura premeditada.
Nosotros. Los desesperados. Los que sin tocarnos nos sentimos. Los que nos vemos las pupilas cuando no hay luz. Los que tenemos el corazón fluorescente.
¿Quiénes somos los desesperados? Los que poco a poco aprendemos pentagramas que nos llegan desde ninguna parte, enseñándonos a tocar a la vida, instrumento inmanejable.
Sonreímos. Disfrutamos. Nuestra mayor cualidad. Porque dentro de un sufrimiento que pareciera a veces interminable, surge la más incombatible de las fuerzas: la de nuestras convicciones y nuestros pensamientos.
Y es desde donde nos corresponde bailar. Sobre nosotros mismos.
Nosotros. Los desesperados. Raza en extinción. Nos cruje la carne en el vacío de la existencia.
Lo importante es seguir luchando. Alguien nos enseñó eso. Alguno de nuestros amigos eternos.
Desesperemos en paz. Bailemos. Cantemos. Sigamos fumando nubes y comiendo estrellas. Lo mejor, siempre, está por llegar.
Incluso para nosotros... los desesperados. |